Fahrenheit

Cada año miro con una enorme envidia el mundillo cultural que se desarrolla al otro lado de la cordillera. Cultura de verdad, con polémicas literarias, preclaros pensadores, escritores inteligentes, operadores culturales que saben de lo que hablan, y verdaderas Ferias del Libro que dejan a las nuestras como simples compraventas de vereda en la feria de las Pulgas de Valparaíso.
Se dan el lujo de realizar en su gigantesca y gratificante Feria del Libro de Buenos Aires (32 años de verdadero aporte cultural literario) un encuentro virtual entre RAY BRADBURY, desde su hogar en Los Angeles (California), con el público asistente, a través de la magia de la videoconferencia (¿se les habrá ocurrido alguna vez a nuestras lumbreras que esa es la mejor manera de tener a lo más granado de la literatura mundial presente en los foros nacionales con mínimos costos y apenas un poco de esfuerzo mancomunado con las editoriales?), entablando esos diálogos sin exclusiones entre el típico ché boanerense sin inhibiciones, y un intelectual de peso.
¿Y qué nos dice a la distancia el autor de "Crónicas Marcianas"?: una frase para el bronce, parafraseando esa otra gran obra suya titulada "Fahrenheit 451": "Sin educación, los libros se queman solos" . Si, ya sé, la frase puede parecer lógica y sin un atisbo de novedad, pero pensemos cuántas veces se les ha dicho en la cara a los lectores, a los niños, a los padres que se conforman con dejar a sus hijos botados delante de la TV sin tener la más mínima idea de lo que aparece en pantalla. Aquí cae otra frase-hecha-de-perogrullo de parte de Bradbury: "las nuevas tecnologías bombardean a la sociedad con información, pero de cara a la formación de las personas nada es sustitutivo de la lectura".
Nos hemos acostumbrado tanto, al hablar entre nuestros iguales, a conversar de ciertos temas, que nos olvidamos que la gran mayoría de las personas no los escucha nunca, que nadie se ha plantado frente a ellos a decirles lo obvio, a sugerirles observar (no vale sólo mirar) en cierta dirección. Nadie les ha sacado uno de los tantos libros que juntan polvo en cajones o bodegas de sus hogares para enseñarles a leerlo, a disfrutarlo, a soñarlo, a vivirlo. Y como nadie se los dice, los libros "se queman solos", sin necesidad de bomberos bradburianos que coharten el derecho a la lectura.
No tenemos educación literaria adecuada y eso queda de manifiesto en nuestras pobres muestras culturales, con mesas redondas que poco aportan a la verdadera discusión, y ferias del libro que son simples mercados de oferta y demanda de best sellers.
Vuelvo al principio: no puedo evitar la envidia a nuestros vecinos argentinos. Triste pero cierto.


